“Me enamoró bailando boleros”-  Dice siempre mi abuela Lucía Hernández en la antesala de sus ochenta años cada vez que le preguntan por su historia, que hace rato que dejó de ser solo suya y se volvió una historia compartida. De sus 79 años lleva casada 57, tiene cuatro hijos, siete nietos, un perro y un genio que al parecer sólo sortea el milagro de tener un esposo que haya bailado con ella todos esos años la misma canción.

Él, en su bata larga color vino tinto con solapas grises, por las noches después del trabajo se sienta en el estudio de la biblioteca paradisiaca a ver las horas pasar haciendo cuentas, sumando recibos y restando los días. Y les juro que no miento cuando les digo que cada vez que mi abuela entra sigilosa a ese espacio que aún en su propia casa le parece ajeno, él le da la bienvenida con un “Hola preciosa”.

Yo sé, porque ella me cuenta, que mi abuelo le toca la mano y le toca el corazón. También sé, porque mi abuelo me pide ayuda con el celular, que se llaman mínimo dos veces al día  ¿a hablar de qué? De lo que más alimenta al amor, de detalles sin importancia. Sé que ella todas las noches le alista la ropa para el día siguiente y si le pregunto cómo hace para adivinarle el gusto, me contesta: “Él se pone lo que yo quiera. Él se viste como a mí me gusta”. Además me cuenta que este fin de semana que viene,  se van a ir a Tunja porque  ella le hizo una promesa a la Virgen de Los Milagros a cambio  de un poco más de salud.  Ahora díganme si esa no es una historia de amor tan válida como cualquiera llena de giros y hechos inesperados. Los pequeños eventos diarios, eso es lo que hace a una historia de amor grande.

Mis abuelos viven en una fiesta de dos personas que puede que se acabe  por las noches, pero ellos encuentran la forma de volverla a prender cada mañana. No sé si es un amor aprendido o innato, es lo de menos porque de que existe, existe.  Se los digo hoy que la fe se me ha vuelto pequeña,  que a mis 24 años estoy a punto de hacer un pacto tranquilo con la soledad por  tanto corazón roto y tan pocos boleros entre todo el reggaetón. De nada sirve mi desesperanza y mi escepticismo porque recobro la fe cada domingo a la hora del desayuno, cuando 56 años, 4 hijos, 7 nietos y un perro después, mi abuelo todavía le pregunta a esa viejita linda, si quiere azúcar con el café. Como si no supiera, como si solo quisiera hacerle saber que no la olvida y que mientras a uno no lo olviden, uno sigue vivo.