Luego de un día largo, sentada en la mesa con sus hijos, recuerda su primer amor. Ya han pasado varios  años desde entonces. Extraña la vida que soñaba, la intriga y el miedo que se apoderaban de ella cada vez que lo veía venir y la tristeza de partir. Se pregunta dónde estará, si también la extraña. De repente, un grito que proviene de la mesa, le deshace el pensamiento. Uno de los niños está peleando por un pan, que ella toma y parte a la mitad. Por ahora, solo quiere seguir soñando. Piensa en su segundo amor, el que quiso tanto con el cuerpo.  Sabe que fue en ese amor donde se consumieron sus sentimientos, donde se derrocharon hasta el fin, y que solo terminó ese amor, como terminan los amores intensos, con la soledad más grande que le enseñó a vivir con el dolor que todavía la acompaña. Ve con melancolía que los recuerdos de tantos encuentros duren así de poco, que ese amor que le dio vida a su cuerpo haya durado tan poco. Quiere recordar cómo comenzó, pero entra un frio por la ventana que la trae de vuelta a la mesa. En ese momento él se levanta y baja las cortinas. Ella lo observa con detenimiento, mira cómo va y regresa caminando, lentamente, sonriendo. Cierra los ojos justo cuando se acerca a darle un beso. No sabe cómo, pero está segura de que él es su tercer amor, que es uno diferente. Mira a la mesa y ve a sus hijos, lo ve a él tomar su lugar, y piensa que es en ese lugar común, donde nace su tercer amor, donde nace cada día. Piensa en su vida cotidiana. Los niños en las mañanas, las salidas al trabajo, las cenas y el amor por las noches. Sabe que ama cada una de esos momentos. Esta noche se acaba pronto la cena, pero ella no se quiere ir, quiere seguir viviendo ese tercer amor, así que ofrece jugo y pan, aunque ella está satisfecha.