Por: Santiago Pinzón Martínez.

Esta es una historia entre todas las historias, una historia como las de este país, con un toque de realismo mágico, quizás no sea la historia más importante, o la historia más trascendental, sólo es una historia que se guarda en el secreto, en un rincón dentro de los enormes lugares del corazón de una madre; y como se trata de mi madre, entonces es la historia más importante de todas, la más profunda, la más tierna, la que trascendió mi existir… y como las palabras se las lleva el viento, que bueno poder escribirlas en esta historia para todos ustedes, para los que leen mi humilde relato; y así recordarme siempre que el milagro de la vida empieza por mamá, y que ese milagro aun lo tengo a mi lado, y espero disfrutarlo tanto como estos 26 años que hoy me da Dios, y debo recordar que aquí en esta historia, la creatividad la puso Dios.
Esta historia empieza hace 26 años y 16 días, o mejor 5 años antes de esos 26 años, tiempo aquel en que mi madre unió su vida a un gran hombre, un hombre de mil historias y de otras mil sonrisas, que con su romanticismo cautivó su corazón, y como todo lo chapado a la antigua, este valeroso hombre pidió la mano de esta bella princesa y juntos se unieron en matrimonio. Creo que ese día en el cielo sonrieron un par de ángeles y algunas estrellas se movieron sintiéndose fugaces, sólo para celebrar la fe que estaba por empezar.
Como todo gran matrimonio, pasó poco tiempo en que tener un hijo era un grito del espíritu… y empezó el sueño que se forja cuando dos corazones simplemente deciden hacerse uno. Pero algo extraño estaba por ocurrir, cuando un hombre alto y bigotón, vestido de un traje blanco que parecía negro, le dio un devastador mensaje al oído de aquella mujer, un mensaje que solo se puede describir con las insaciables lágrimas que salieron hasta secarse su alma, el mensaje era claro: Jamás podría tener un hijo.
Aquí no había mucho para intentar, su matriz estaba tan mal, como para imaginar que algún día pudiera soñar con el milagro de ser madre. Amargas noches, eternas como el oscuro cielo de las tormentas que suele inundar el mar, la vida de esta mujer no sería igual… En todos los médicos no hubo solución, de todos los medicamentos nada calmaría su dolor, pasaron noches y más noches, tantas como se parpadea durante el día. Cómo se podría expresar esta angustia, cómo se podría pensar en el mañana, el cielo sabía que la fe de esta fuerte mujer estaba poniéndose a prueba.
Mientras mas pasaba el tiempo, más pedía al cielo por un hijo, era su sueño, era su regalo, y creía que sería su recompensa. En una visita de nuevo al médico, éste le dijo que ya no había nada que hacer, inmediatamente salió corriendo de aquel consultorio, corrió y corrió hasta que se hizo noche, y en una esquina, una fría esquina que no olvidara su corazón, así se sentó, y lloró amargamente, lloró como no había llorado durante esos 5 años de espera, y con un afónico grito que elevó hacia el cielo, dijo fuertemente, Tú, que haces llover sobre mi alma, tu eres él único que puede hacer milagros, y el milagro mas hermoso se llama vida, por favor, quiero que en mi vientre pongas tu milagro, el que solo puedes hacer tu, Dios. Lentamente empezó a llover.
Ella se levantó y busco refugio de aquella lluvia, y sólo había un pequeño lugar abierto, y había un singular ruido, como una canción sonando de fondo, el sonido de unas voces. Se extraño un poco, pero convencida de que debía entrar, hacía allí se dirigió. entró llorando y temblando de frío, era una iglesia aquel lugar y un hombre pronunciaba unas palabras sobre el bien y la misericordia. Esta mujer las escuchó en silencio, era como si el mundo se hubiera paralizado afuera, eran solo las palabras de aquel hombre y su corazón… De pronto ese hombre se acerca y le dice, me permitirías hacer una pequeña oración por tu vientre? Era como si lo supiera todo. Ella permitió aquella oración, y desde aquel momento sintió como su fe se conectó con el hacedor de milagros, con el que calma las tormentas… en ese momento supo que su espera había terminado, que su dolor iba ser calmado. Qué corriendo a donde su esposo y le contó todo lo que aconteció y el un poco incrédulo pero valorando la fe de sus ojos, le dijo que creía que el milagro de la vida era la respuesta a su llanto, que el amor de una madre por un hijo que ni si quiera existía rompió las barreras médicas que decían que nunca sabría que se sentiría el milagro de ser mamá. 9 meses después nace la persona que cuenta esta historia.
Y podría hablar de mi madre mil veces más, por ejemplo su esposo murió a los pocos años, y ella con la responsabilidad del milagro que había recibido, se hizo aún más merecedora del derecho a llamarse madre… y todos los días me recuerda que ahora que estoy recién casado, en el momento que yo tenga mi propio hijo, sabré y en sus ojos miraré que solo un milagro puede ocurrir en el vientre de la que hoy se que será la mamá de mis hijos, mi esposa.
A propósito, nunca les mencioné como se llama mi madre: Su nombre es Esperanza.
Muchas gracias.