Vi sollozando a mi guapa abuela de 79 años. Me arrimé y con mimo le pregunté qué  le pasaba esperando me hablara de uno de sus achaques, pero para sorpresa mía me señaló su mano izquierda, llena ya de arrugas y un poquito regordeta, en donde en uno de sus dedos se dejaba ver un solitario sin piedra. Abuela, le dije ¿Se te ha perdido la piedra?

Recordé en ese instante una pequeña esmeralda, que la había  acompañado toda la vida de temprana viudez. Siempre como testigo esperanzador de un amor, de aquellos que hoy ya es difícil encontrar. Si mijo, me respondió entre sollozos, se me cayó y era el único recuerdo de tu abuelo, además de las fotos y mis hijos, que aún conservaba. Limpiándole las lágrimas con mí pañuelo, con delicadeza le quite el anillo del dedo. Me alcanzó a decir que acababa de llegar de la finca y que realmente no sabía en qué momento se le había desprendido la piedra.

Yo, sonriéndole con ternura y  más ternura, solo atiné a decirle: “yo me encargaré de solucionarlo”.

Me dirigí horas más tarde a joyería Intercontinental, la de Oviedo al frente de Juan Valdez y allí, con la asesoría de una niña Daniela, quien me pidió que volviera al otro día para escoger entre un muestrario de esmeraldas que mandaría a traer. Escogí una bella y no costosa esmeralda  que casara perfectamente en la montura de la abuela. Además recordé que el anillo le quedaba estrecho, por lo que pregunte si lo podía mandarla a ensanchar, a lo que me respondieron con un sí. 48 horas más tarde, la más hermosa de las sonrisas iluminaba el bello rostro surcado de arrugas de mi abuela. Desde entonces soy el nieto preferido de ella, para envidia de todos mis hermanos y primos.

Ah, se me olvidaba, aún le debo a mi papá los 380.000 pesos que me prestó para el ”yo me encargo de solucionarlo”. No es que en todo este tiempo no haya intentado pagárselo, no, es que él se consideró pagado, con la sonrisa de felicidad de la abuela, su suegra.