Por Daniela Navarro B.

Nunca en la vida me había levantado a las 3:00 de la mañana, pero ese día los gritos de mamá me levantaron de un sobresalto:

-¡Juan, Juan! ¡Se me vino el niño!

Yo aún estaba dormida y no entendía bien qué estaba sucediendo, pero me asusté mucho. ¿”Se me vino el niño”? ¿Cuál niño? ¿El niño Dios? No, un momento, estamos en octubre… ¿A qué se refería mamá?

Yo daba vueltas en la cama y entreabría los ojos…

-Juan, Juan… -Mamá seguía gritando.

-¿Qué hacemos? –Decía papá- ¿Vamos ya al hospital?

-No, no, se me vino el niño.

Pero cuál niño…me preguntaba yo desde la cama. Si solo vivimos papá, mamá, yo y…y…mi hermanito ¡¡Mi hermanito!!

Me paré de la cama de inmediato y corrí a la sala.

Mami, mami, ¿nació Santiago?

Cuando llegué a la sala vi a mamá muy débil y un charco de sangre en el piso. No entendía nada. ¿Dónde estaba mi hermanito? Yo no lo veía.

¿Mami, estás bien? –Le pregunté.

Papá la estaba sosteniendo y le ayudaba a recostarse en el sofá, mamá gemía muy fuerte. ¿Qué le dolía? ¿Acaso tener un hijo duele?

-Mami, ¿te duele?

-Juan, Juan… -gemía mamá entre un sollozo, como si tuviera miedo.

-El vecino, el vecino es médico -dijo papá-. Voy por él. Dani, cuida a la mamá mientras yo voy por el médico.

¡Qué misión tan grande! –pensé. Sin embargo acepté, pues ya tenía tres años y estaba dotada de todo el coraje para cuidar el parto de mamá. Ella estaba recostada en el sofá, con los pies extendidos. Tenía un camisón blanco, manchado de sangre y sudaba, sudaba mucho.

-Mami, ¿está muy duro? -Le preguntaba yo-. Le di un beso en la frente. Estaba muy nerviosa y fui a correr por la casa. Volví al sofá, y le pregunté de nuevo: ¿Mami, te duele mucho? ¿Está muy duro?

Ella me miraba y me acariciaba la cara. No decía nada, pero sus manos y sus gestos me decían, en silencio: “no te preocupes, todo está bien”.

Papá subió con el médico. Él, con instrumentos más rústicos  su casa, empezó a atender el parto.

Yo seguía vigilando a mamá. Le daba un beso en la frente, le conversaba y corría por toda la casa.

-Mami… ¿duele? ¿Cómo puedo ayudarte? –le decía yo.

-Puja, puja –Le ordenaba el médico.

Papá lucía algo asustado, pero le acariciaba las manos a mamá y ambos se tranquilizaban. Todos mirábamos al centro de mamá, en silencio.

Mamá respiraba fuerte, cada vez más fuerte, y sollozaba, como si le doliera mucho.

-Uno, dos, tres –Mamá contaba y respiraba con dificultad- uno, dos, tres; uno, dos, tres… uno…. Dos…. Treees… ¡Ahhh!

De repente… salió Santiago. Estaba muy morado. El médico dijo que lo llevaría al hospital de inmediato, pues el niño no estaba respirando bien y podría morir. Cuando le cortaron el cordón umbilical mi mamá lo tomó en sus brazos, lo miró con un gesto de alegría, de amor y de satisfacción y en su rostro se dibujó una sonrisa que recordaré por siempre. Lo acercó a su corazón, cerró los ojos y le dijo al oído: hijito, yo sé que vas a estar bien.

El médico se fue a la Clínica de las Vegas en su carro, con mi hermanito envuelto en un trapito; papá, mamá y yo llegamos después. Santiago estaba dentro de una caja de cristal, transparente, con mucha luz. Papá me explicó que eso era una incubadora, un aparato donde meten a los recién nacidos cuando necesitan cuidados especiales. ¡Tan lindo! Pensaba yo. Tenía los ojitos tapados con una venda negra y ya no estaba tan morado.

Los médicos de la clínica se acercaron a nosotros con cara de preocupación. Silencio, silencio. Solo nos miraban, hasta que uno se atrevió a hablar: “el niño está muy delicado. Tiene una burbuja en el pulmón, le entró mucho aire porque usted lo retuvo en el parto” –dijo, mirando a mamá, y después agregó aún más preocupado: “solo un milagro podría curarlo. Si en cinco días no se alivia, tendremos que abrirlo para extraerle esa burbuja”.

-¿Abrirlo? A mi niño no lo van a operar -dijo mamá, con mucha firmeza- Yo soy capaz de aliviarlo.

Mi papá siempre ha dicho que mi mamá tiene poderes de sanación, y yo le creo. Siempre que he estado enferma ella ha sido capaz de aliviarme con su cariño y su atención, y siempre me ha dicho que procure no tomar pastillas ni remedios, que lo mejor es el descanso y el cariño de ella. Yo le creo a mamá. Tenemos cinco días para aliviar a Santiago y estoy segura de que ella, con sus poderes, aliviará a mi hermanito.

Mamá se quedó en el hospital con Santiago y lo cargó en sus brazos, muy cerca de su corazón. Ella dice que los recién nacidos necesitan mucho contacto y cariño de la madre. Yo no recuerdo precisamente el día que nací, pero ver a mi mamá cargando a mi hermanito me hizo sentir una emoción muy fuerte en el estómago y en el corazón: estaba convencida de que ese amor, el de mi mamá, podría arreglarlo todo.

-Mi niño, mi niño, te amo mucho y te voy a aliviar -decía mamá varias veces mientras lo arrullaba y lo miraba. “Tu abuelita, desde el cielo, nos está acompañando, ¿puedes sentirla? Ella está aquí, con nosotros, y estaría feliz de verte aliviado. Mi niño, mi niño, te amo mucho y te voy a aliviar”.

Cuando ella decía eso yo me imaginaba a mi abuelita, al lado de nosotros. Mi mamá parecía un angelito. Estaba vestida de blanco y cargaba a Santiago, él estaba envuelto en una cobija azul y permanecía en silencio. No lloraba, solo respiraba con dificultad, seguramente estaba sumergido en el sosiego que le propiciaba la voz suave de nuestra madre: “mi niño, mi niño, te amo mucho y te voy a aliviar”.

Me gustaba acompañar a mamá y verla mientras alivaba a mi hermanito. Cuando yo sea grande, quisiera tener sus poderes y salvar a la gente; a veces me pregunto si los médicos también los tendrán.

El quinto día yo fui a visitarla con papá. Estábamos muy ansiosos porque pronto nos darían los resultados de la situación de Santiago.

Los cuatro estábamos en el cuarto del hospital. Papá acariciaba la manos de mamá y también las mías. Todos mirábamos a Santiago. Mamá dijo que cerráramos los ojos y que rezáramos una oración antes de que entraran los médicos; entonces, todos juntos rezamos un “Padrenuestro”.

Los médicos entraron al cuarto y tenían una hoja negra con una imagen extraña, como borrosa. Uno de ellos se acercó a nosotros, miró a mamá, y le dijo:

Señora, ocurrió el milagro, la burbuja ha desaparecido. Su hijo está sano y salvo.

***

Realmente había ocurrido un milagro y tenía una explicación: mi hermanito se había salvado gracias a los cuidados intensivos de mamá.