Por: Patricia De Oro Berrio

¡Gran cosa tu madre¡ Despectivamente se refería a ti, esa vecina moralista y censuradora, peleando con mi hermana Mati, cuando tenía veinte años porque había ofendido a su hijo por cualquier motivo adolescente. Esos vecindarios de miedo que aniquilan a tantos sin necesidad de pistolas, sólo con vituperios y rencillas, fueron tu morada una y otra vez…y siempre supe que no eran tu palacio, en realidad, nunca perteneciste a ese lugar.

Había que verte madre, desde cuando naciste. Fuiste la primogénita de 16, en esas familias antiguas de comienzos del siglo 20, que sólo seguían la voluntad de Dios, aprendida por doctrina, y eran controladas por el sin-control de la naturaleza. Ya se acababa el 1927, y “los chusmeros” acosaban la familia, amenazando a mi abuelo Francisco, tu padre, con usar su cráneo de copa.

Una noche cuando ya tenías quince años y habías asumido tempranamente la maternidad de tus hermanitos menores, pues mi abuela se repartía las miles de ocupaciones como bien podía, irrumpieron un torbellino de gritos, acosos, cascos mulares y aires cortados por machetes, en la quietud de tu sueño real. ¡Corran!, Salgan al monte¡ Cojan los peladitos¡ ¡Huyan¡… y la negra noche , los pantanos y los riachuelos de San juan de Urabá, vieron escabullirse a esta familia de pequeños zambos y mulatos quienes sollozaban y gemían, sin poder siquiera voltear su mirada, bajo condena como Lot y su prole; de ver los horrores que dejaban tras suyo. Finalmente por la fatiga se detuvieron, y desde la distancia se atrevieron a mirar cómo sus casas y graneros ardían por mano de la chusma… se habían quedado sin hogar. Los desplazados del ayer, los de siempre.

Tu niñez ya agotada en labores arduas de campo y cuidados de bebés, veía llegar una adolescencia llena de nuevas responsabilidades; fue así como llegaste donde tus tías en Montería y ellas empezaron a pulir el diamante en bruto de tus maneras gráciles. Debías trabajar para ayudar a criar a tus hermanitos, y no se midieron en enseñarte las mejores formas de lavar ropa, de tender camas, de cocinar- y ¡qué sazón¡, no te lo digo como hija, todos tus comensales lo afirmaban.

Fue así como, al llegar de visita el Presidente de Colombia de la época, Urdaneta, te emplearon como mucama de la Primera Dama de la nación. Aquello fue un honor y toda una experiencia.

Tu destino te llevó al mercado municipal donde Los San Pedro te dieron trabajo. Se te iba el día en hacer atractivos los costales llenos de granos, cajones azules rebosantes de ajíes de mil colores y picantes como el sol costeño; cocos peludos, plátanos frescos, raíces; y al caer la tarde, te sentabas con tu vestido vaporoso, tus labios rojos, un paño en el regazo…y empezaba la peladera de cebollas.

Así te conoció mi padre. Un joven trigueño, delgado, de pelo negro y muy liso y pantalones kaki, un día, al terminar su jornada. Él y sus hermanos tenían una quincalla donde vendían hamacas, pellones, totumas y anafes, entre cantidades de cosas. Decía que cuando te vio, eras como una aparición, como una bailarina de Degas, enmarcada en tonos de crepúsculo y coronada con una hermosa y gruesa trenza azabache… y allí empezó el resto de tu historia.

Habías aprendido a leer por tu cuenta, sólo con elementos básicos; devorabas los manuales familiares de medicina que popularizara el Círculo de Lectores, añorando cumplir así uno de tus sueños, ser médica. De hecho, en el barrio, muchas vecinas te preguntaban qué usar cuando alguien enfermaba en sus familias; nuestro patio tenía jardín de hierbas aromáticas, para las bebidas de los velorios; el árbol de limón y el de mango, se multiplicaban cada vez más para dar nuevas hojas, que permitieran un enjuague bucal para el dolor de muelas; las guayabas no faltaban en las tardes de visitantes escolares, como ingesta de vitamina C. Eras fuente inagotable de soluciones botánicas. Llegaste a vivir a la casa de “tu suegra”, la tía de crianza de mi padre. Siempre te miró con desprecio por tu piel oscura que contrastaba con la de ella y sus ojos azules. Nunca aceptó que tus ademanes, tus pensamientos y dicción fueran de más alcurnia. Censuraba a mi padre por no tener una mujer blanca, o lo aplaudía si tenía una aventura con una… y luego te humillaba con su desamor… ¡monstruo andante¡

Tus hijos coronaron de nuevo tu cabeza, estabas orgullosa de sus logros, y así se llenaba tu vida. La vejez te rodeó y de nuevo te absorbió la lectura. Ahora la Sagrada Biblia y tu fe llenaban tu vida y te sentías plena en la búsqueda de eternidad. Y así te fuiste a buscar ese lugar. Así que hoy te digo: eres una heroína, eres un apóstol, eres una princesa coronada de nobleza. Madre, ¡Qué grande eres!