Me hallaba helada de pie a cabeza, ante innumerables inseguridades y miedos que salían a flote.  Aún, mientras escribo, puedo experimentar en mí la sensación de lo que no podía trasmitir, incluso puedo encarnar la ansiedad y el desasosiego de mi mente. Deseaba aplicarme un calmante, más allá de la piel, uno que se alojará en mi alma. Me rehusaba al consuelo, ya que la mejor manera de encontrar ese alivio era a través del cuerpo ajeno,  entre sus brazos.

Sin duda yo quería soñar despierta y saltar sin cuerdas, ni arneses. Sin conciencia del futuro quería abrazarle y examinar la textura de sus labios. Me veía reflejada en sus espléndidos ojos y con los sentidos oxidados pensaba, ¿donde habían quedado los alucines, las sonrisas, los suspiros, el deleite, la plenitud?

Mientras las emociones me abofeteaban sin darme tregua, ¿cómo dejarlas pasar por mí y vivirlas?, si apenas lograba ser consciente de ellas. Sentía como volaba y me desplomaba, quería abarcarlo todo, que no se me escapara nada, pero mis sentimientos eran contrapuestos, no se equilibraban dejándome a flote en una línea horizontal; me aturdían, me atrapaban, me embestían y me chocaban contra los muros de la insensatez.

Era algo intenso lo que me perturbaba; y eso que mi vida ya lo era de por sí. En mi cabeza todo viajaba demasiado a prisa para salivar, para masticar, para tragar, para ser racional, ¡en hora buena me invadía el amor! justo al frente de sus ojos, de sus cálidos ojos. Me rehusaba, no era posible tanto amor. Sin embargo, con la serenidad de un océano apacible e implacable me ofreció su mano, como quien brinda todo lo que tiene. Y si bien, no era el tipo que compartía sus pensamientos y/o sentimientos más profundos, cómo no rendirse ante lo elocuente y facundo de sus palabras.

Por eso ahora, me atrevo a decir, que no andamos de la mano. Eso es algo trivial, desprovisto de total significancia. Más bien, le sujeto, no para sobrecargarle con mis debilidades, sino para equilibrarnos,   para “echarnos una manito” y así sobrellevar nuestras cargas. Desde que entrelacé mi mano a la suya, el andar se me hizo más ameno y el paisaje más intenso; porque en efecto a su lado las montañas son más majestuosas, los atardeceres más luminosos e incluso las noches frías se tornan cálidas.

Lo que me lleva a concluir, que a su lado descubrí más matices, esos, los matices que desee tiempo atrás. Y sin ser y sonar aduladora, manifiesto que descubrí un compañero, un buen caminante, un aventurero (curioso, inquieto, desafiante, jamás conforme, constante y perseverante).

Ahora, en reciprocidad, su mano se sujeta a la mía, en un acto de confianza. Y para mi regocijo,  lo descubro continuamente atento a mí andar. Brindándome lecciones llenas de sabiduría, siempre paciente y comprensivo en mis desvaríos matutinos, en esos repentinos desmoronamientos e incontrolables éxtasis.

Al final no me ahogue en mis miedos, heme aquí de su mano.