– Y es que mi Leo es de lo más divino, vos sabés… – No tenía otro tema para hablar (y por lo que sé, él tampoco), llevamos siete años juntos y él seguía como si fuera el primer día. Ni por trampas ni por nada nos habían logrado separar.

Somos estudiantes de Contaduría Pública. Nos cuadramos a los 14 y ya tenemos 21 cada uno, yo sé que él quiere casarse conmigo pero no tenía trabajo todavía. Yo estoy trabajando de medio tiempo como auxiliar contable en una empresa. Yo sé que él quiere darme todo, me la paso animándolo para que no se desespere, ¡yo estoy bien si él está bien!

Un día me mandaron a visitar un cliente, que era una joyería. Una argolla me quedó gustando: tenía siete diamantes encajados. Le caí bien a la encargada, Gloria, que era una mujer de cincuentaytantos años que llevaba treinta sirviendo a la joyería. Se dio cuenta que me gustó la argolla, tomó el teléfono e hizo una llamada. No le di importancia, pero cuando terminé, Gloria me entregó un paquetito con una gran sonrisa: “Vete a ser feliz”.

Estaba asustada. Le pregunté que qué era eso y sólo me dijo que se lo pagara cuando pudiera. Me encerré en el baño y abrí el paquete. La caja contenía el anillo con el que le diría a mi amado Leo que si quería casarse. Respiré profundo y salí del centro comercial. Llamé a Leo y le pedí que nos viéramos en un restaurante. Cuando lo vi, el corazón se me quería salir por la boca. “Esto de declararse al revés es raro”, pensé.

Íbamos muy bien, Leo me contó que se presentó en una empresa y les gustó el resultado de la entrevista y las pruebas; ¡entraba a trabajar la semana siguiente! Ya me volvió el alma al cuerpo y le hice la propuesta de una. Parecía que lo sabía desde antes y sólo pudo aceptar la argolla con gratitud. Definitivamente, el amor florece gracias a ciertos seres que lo patrocinan. Nos casamos a los seis meses. La armonía es la base de nuestro amor y así seguimos viviendo el resto de nuestros días.