Un sábado de frío, me fui a meditar al Dojo Zen de Santa Elena. Y ahí nos vimos. Era un simple jardinero, ¡qué energía tenía! Lo pasé por alto un momento, pero durante la práctica no pude sacármelo de la cabeza. Y eso que estaba mirando hacia la pared.

Cuando terminó la práctica, él se me acercó. Me dijo que mi simplicidad lo había descrestado. Y yo apenas podía creerlo. No tenía forma de decirle lo contrario. El simple jardinero era Mario, un médico bioenergético que se dedicaba a servir como voluntario los sábados en el Dojo.

– Te invito a que te quedes, Beatriz, estar aquí es muy estimulante- me dijo Mario. Y sin dudar, me fui amañando, me sorprendí aprendiendo de plantas medicinales y desyerbando el huerto. Eso también era meditación.

Su turno de voluntario terminó a las 12, para que el director le diera el paso a otro hombre. Mario me invitó a almorzar y nos quedamos juntos hasta las siete de la noche, de modo que pasamos juntos unas doce horas y ni cuenta nos dimos. Intercambiamos números de celular y cuando llegué a la casa, noté que había un mensaje en el whatsapp.

Hola, soy Mario. Gracias por los maravillosos momentos de hoy. Qué vas a hacer mañana?

Quedé muda. Eso que los maestros tanto hablaban de soltar, soltar, soltar y dejar de desear se estaba haciendo realidad.

Hola, no tengo plan todavía, tenés alguna idea?

Pues se me estaba ocurriendo que podemos pueblear en mi carro al mediodía, te gustaría?

Qué rico! Me recoges entonces?

Claro que sí. Dame tu dirección, por favor.

Cuando terminé de darle mi dirección, me miré en el espejo. “Beatriz, por Dios, qué estás haciendo, te enloqueciste por completo” y luego me dije: “Qué carajos, esto es lo que estaba buscando”.

Me recogió a la una de la tarde, muy puntual. Me invitó a almorzar y luego nos fuimos de pasada a un centro comercial, me dijo que necesitaba un cajero. Mientras él retiraba el dinero, me quedé mirando la vitrina de una joyería. Un crucifijo dorado me impactó. Mario regresó y me dijo:

– Hola, ¿qué ves?

– ¿Te gusta ese crucifijo?

– Sí, es muy bonito. Jesús es una de mis personas favoritas de la historia.

– No se diga más. ¡Entremos!

Le regalé ese crucifijo como señal de mi afecto por él. Él me besó y de eso hacen cinco años que estamos juntos en un amor infinito… ¡Gracias, Vida!